Comienza el juego. Comienza la Liga. Y con ella, las ilusiones y decepciones de todos los aficionados al fútbol, incluidas las de un servidor.
Sólo faltan cuatro días para una nueva temporada repleta de partidos, de horas de fútbol en distintos países y diversos estadios. Horas de entretenimiento delante de la caja tonta que, para muchos, nos alivia de otras situaciones de las que no escribimos (aunque debiéramos…), pero que nos ahogan a diario. Como diría aquella canción: un vicio inexplicable.
Arranca una Liga que, según muchos, está en decadencia. Una Liga a la que sus propios dirigentes han puesto en el punto de mira. Un torneo manchado, un torneo secuestrado.
Quizá la ilusión de muchos, entre los que me incluyo, ha pasado de ganar este campeonato a simplemente disfrutar de su esencia: un deporte que abarca muchos aspectos, más allá del ganar y la rivalidad. Esto se lo dejo a los aficionados que, sea como sea y de la forma que sea, se preocupan más del rival y de los árbitros que de su propio equipo. A mí no me verán en ese barco.
Abogo por un fútbol divertido, por una competencia sana y por ese espectáculo que todos aquellos jugadores virtuosos nos puedan ofrecer con la pelota (aquella de la que tantos se olvidan). Quiero un fútbol vivo, un fútbol en el que puedas ganar o perder. Ese fútbol atractivo que disfrutas cuando juegan dos equipos de los que no eres hincha. De esos que cuando termina el partido te quedas con la sensación de que has disfrutado como un niño pequeño.
A esta edad quizá lo único que me importa es disfrutar y ver fútbol (principalmente los partidos de mi equipo, el Real Madrid). Ya pasaron los años de terca rivalidad, de enfados absurdos y de pataletas de niño. Si hay que llorar de alegría, se llora. Y si hay que llorar de tristeza, también. Pero siempre, SIEMPRE, por un sentimiento que me provoque el fútbol, no todos aquellos que lo rodean. Eso me propuse hace unos meses y eso cumpliré.
Todo esto no quiere decir que no vibre antes de cada partido, que no me suden las manos en las eliminatorias de Champions o que deje de divertirme por ver cómo pincha el equipo rival. De lo único que me alejaré es de todo aquello que me reste, que me genere negatividad, que me provoque perder un segundo de mi vida en preocuparme por algo que no deja de ser un deporte.
Y ahora hablemos del Real Madrid y las expectativas que, bajo mi punto de vista genera.
Venimos de ganarlo todo (o casi todo), con la confianza por las nubes y con nuestro máximo rival en horas bajas (o muy bajas, según quien opine). Esa confianza no es la misma que la de años anteriores, se nota distinta. Quizá hasta mejorada. Quizá…hasta peligrosa.
El año pasado nos acercamos a la excelencia. No en cuanto a fútbol, pero sí en cuanto a las notas finales de curso. Empezamos con tropiezos inesperados, con lesiones de jugadores muy importantes (incluso de algunas caras nuevas que ilusionaban, como Arda Güler), pero nos supimos sobreponer a los problemas y volver a demostrar al mundo entero que el ADN del Real Madrid es la entrega y la perseverancia del club que, siendo el mejor, lucha cada día por mejorar.
Como parte positiva destacaría la unión de un vestuario mezcla de veteranos y noveles, como dice nuestro himno. Dicen que la unión hace la fuerza y esa unión no cabe duda, nos hizo más grandes.
Un vestuario que, con jugadores que llevaban mochilas llenas de títulos, mostraban el camino a otros que, con menos títulos, pero con la misma ilusión, afrontaban cada partido con la convicción de darlo todo por escudo que llevaban en el pecho. Carvajal, Nacho, Modric o Kroos (entre otros) enseñaban a los Camavinga, Tchouameni, Brahim, Fran García, Joselu, Güler o Bellingham, el significado de vestir esta camiseta. Camiseta que es traspirable con ese fin, el de interiorizar cada segundo que pertenece a este majestuoso club.
Este año será peligroso. A un equipo campeón se le suma el que, para muchos, es el mejor jugador del mundo: Mbappé. Y eso conlleva la presión de, al menos, repetir lo de la temporada pasada. Error si así lo vemos, claro. Mbappé ayudará a ser más fuertes, pero no siempre los más fuertes ganan. Y si no ganamos, surgirán los problemas. Y si eso ocurre, a mí me pillarán sentado, animando a mi equipo, como siempre lo hice, porque…
Ser del Real Madrid es sentir que formas parte de una historia eterna. Que cada gol y cada título son un capítulo más en un libro que nunca dejará de escribirse. Si se me permite, es el orgullo de pertenecer a un club que ha trascendido fronteras y generaciones, que ha sido cuna de los más grandes jugadores y que sigue siendo el sueño de muchos otros que vendrán. Es saber que, pase lo que pase, el Real Madrid siempre volverá a levantarse, con la mirada fija en el horizonte y la convicción de que lo mejor siempre está por venir.
HALA MADRID Y NADA MÁS.
