Domingo a las 21,30 horas. Último partido de la jornada y con el Barcelona a 7 puntos (con un partido más jugado). Y partido en casa con la necesidad de sumar, se jugase bien o mal, pero de SUMAR. Varios escenarios posibles, pero sólo uno en mente. Ganar al Betis y seguir a 4 puntos.
La alineación que presentaba el míster era la esperada para un partido en casa, salvo por la entrada de Ceballos en el once inicial. El utrerano se postulaba como la tercera prueba, tras los intentos fallidos de Arda Güler y Brahim en los partidos anteriores (ninguno dio atisbos de mejorar el juego del centro del campo del equipo).
El partido se esperaba con cierta incertidumbre. La afición se presentaba confiada con el equipo, pero seguro que en la mente de muchos (entre los que me incluyo) estaba el «¿y si…?».
Y la primera parte así fue. Un partido soso, aburrido. Las cosas no salían y determinados jugadores mostraban síntomas de ansiedad (Mbappe) o enfado (Vinicius). Al francés se le notaba esa necesidad del gol. Todos los balones que le llegaban (sin ser claros) quería terminarlos con disparos a puerta, con la mala suerte de que todos fueron bloqueados por los defensores béticos.
Y el brasileño, a su estilo. Enfadado con el mundo.
Nos íbamos al descanso con un 0-0 y con la sensación de que el equipo necesitaba meter una marcha más. O dos, o tres…
La segunda parte fue otra cosa. Se vio al equipo más enchufado. Tampoco para tirar cohetes, pero sí quizá con una sensación de querer meter al Betis atrás, de dominar, de darlo todo en esos 45 minutos y no querer depender de ese empujón final tan típico del Bernabéu. Es cierto que, durante los primeros minutos del segundo acto, también se notaba cierta sensación en esos jugadores que están destinados a marcar la diferencia. A Vinicius seguían sin salirle las cosas y el enfado iba «increchendo», hasta que le sacaron amarilla por protestar. Incluso, llegó a tratar de poner al público en contra del árbitro (tampoco era necesario, porque se trataba de Alberola Rojas), mientras que Mbappe le pedía «cabeza».
Iban pasando los minutos y el Madrid iba acercándose a la portería del Betis cada vez más. Se llegaron a reclamar dos posibles penaltis antes del primer gol (para mí ambos lo fueron). El más claro, bajo mi punto de vista, el cometido sobre Ceballos. El partido iba entrando en ebullición y la grada se ponía cada vez más tensa al ver que el equipo no marcaba, pero llegó ÉL. Sensacional jugada de Rodrygo en la frontal del área, se la da a Valverde quien, de un taconazo al más puro estilo Gutiérrez, le pone a Mbappe frente al portero. 1-0 y la cosa ya se veía de otra manera.
El Madrid lo necesitaba. Mbappe lo necesitaba. El primer gol de la tortuga en el Bernabéu. En casa.
Convencido estoy de que marcará muchísimos más y que todos esos goles le otorgarán el honor de ser una leyenda del Real Madrid. No tengo datos, pero tampoco dudas. Es y será la estrella de este equipo, por muchos que pienses que ya tenemos en ese escalón a Vinicius.
Son distintos. Distintos a nivel deportivo y distintos a nivel madurativo y/o mental. Ambos con unas capacidades extraordinarias en un terreno de juego, pero con diferencias muy grandes en todo aquello intangible que rodea a este deporte.
Mientras Vinicius es todo corazón y vive todo esto como si el mundo estuviera contra él, Mbappe hace de todo lo que le rodea una virtud. Es evidente que se trata de un jugador maduro, consciente de todo lo que se mueve a su alrededor. Ha llegado con la mirada gacha, esperando su momento, sin hacer ruido,…pero sabiendo que ese momento llegará. Tiene el tiempo y la inteligencia suficiente para esperar a que todo llegue. No quiere enfrentarse con nadie, no le conviene ser la cara o la cruz de la moneda. Quiere ser parte del tesoro, no la moneda que más brille. O, al menos, no la que más quiera brillar. Que si brilla, será por sí sola… Ha estado los últimos años soportando una presión que casi nadie conoce, pero todo el mundo sabe. Y eso, te hace ser fuerte.
El francés es un jugador bien asesorado en todo lo relativo a marketing. Una imagen bien trabajada. Cuenta de ello son los idiomas que maneja (y con muchísima soltura).
Es posiblemente, junto a Jude Bellingham, el jugador que mejor sabe nadar en estas aguas.
Volviendo al partido. El segundo gol de penalti. Cometido sobre Vinicius que, con un gesto generoso, le ofrece a Mbappe que sea él quien lo ejecute. (Quizá esté cogiendo un poco de manía a esas conductas del brasileño, pero me da la sensación de que ese gesto, el de ofrecer el penalti a Mbappe, lo hizo de cara a la galería). 2-0 y partido resuelto.
En lo demás, poco que añadir. Brahim sale de nuevo enchufado (este chico parece que tiene que salir desde el banquillo para ver su mejor versión de él) y Endrick demostrando que le hace falta muy poquito para crear peligro.
Mención aparte merece Modric, con quien no haré leña del árbol caído. Sólo dejaré una sensación que me inunda cada vez que le veo salir en la segunda parte: minutos que juega Modric son minutos que no juega Arda Güler.
Y ahora llega el parón de selecciones (maldito parón y malditas selecciones). A rezar para que todos vuelvan sanos y salvos. Hasta entonces…
HALA MADRID Y NADA MÁS.

